El cultivo ecológico del pop. Tres años de Hi Jauh USB



Desde hace tres años hay una grieta que se ha abierto en la aburrida, previsible y mimética escena del pop underground barcelonés oficial. Las quijotadas en la música popular orientada a lo minoritario normalmente perecen, o bien son absorbidas por el coolismo de la élite de esa juventud eterna, drogada y bien vestida, en su bohemia precariedad del siglo 21. Cada año un nuevo Primavera Sound, cada nuevo año una nueva tendencia con la que subvertir la moda de lo inmediatamente anterior: barbas, tropicalismo, shoegaze, garaje, synthpop, post-punk.. 

Los campos suelen reverdecer bajo el manto de una lluvia fina y constante, y en este sentido Hi Jauh USB son esos campesinos tradicionales fieles a un ritmo relajado, con la mirada ensimismada en un instante mucho más eterno que el presente, que no se dejan deslumbrar por las tormentas de verano y entienden que los fuertes chaparrones no sirven para nada. Si algo hemos aprendido de estos campesinos pop, es que las canciones necesitan un cuidado especial, un entorno que no tiene nada que ver con esas regiones devastadas en las que la música sólo existe como novedad inmediatamente olvidada. Toda canción necesita encontrar un clima adecuado donde crecer, formar parte de un ecosistema que las haga entrar en relación con su entorno. La virtud de Gúdar, de Tirana, de Los Probeta, de Hibernales, de Neleonard, de Die Katapult, es que han conseguido crear su propio hábitat, donde las canciones son dignas de ser cantadas en la máxima expresión de su sentido.

Fuera de este habitat cuidado, hay un entorno devastado, grandes desiertos y entre medias selvas que son taladas y abandonadas a las tormentas, que erosionan el suelo y evitan la aparición de nada nuevo, con la consiguiente necesidad de la búsqueda y devastación de otra nueva selva. Los depredadores de lo cool siguen arrasando entornos únicos y formas de vida que han necesitado años para formarse, y han cazando animales en peligro de extinción, animales extraños, de esos que sólo han podido sobrevivir en condiciones excepcionales, y serán vendidos como algo único en el mercado orientado a la minoría, a la minoría que paga por diferenciarse de la masa, en algún festival tal vez, ante un público que ha pagado por la contemplación de un ejemplar exótico, pero que ignora los cuidados, la dedicación, el caldo de cultivo y el amor para tener ahí delante a un ejemplar único como Daniel Johnston.

Estos depredadores de lo cool, olvidan el cultivo continuado y paciente que horada la tierra sin echarla a perder y hace posible una recolección anual repleta de grandes canciones, grupos y discos. Hi Jauh USB son ese jardín donde es posible que broten la mayoría de esos tomates que saben a tomate, pero que no están destinados a un gourmet que cocina tomates para una élite, sino que son parte de esa minoría que recolecta para seguir plantando mejores tomates, y que no intenta se aceptada y devastada por el mercado de la novedad, sino que aspira a ir creciendo y configurar un nuevo lugar donde las canciones puedan nacer y crecer durante varias generaciones. Aspira a crear un jardín cuidado y mimado, en un microclima benigno alejado de las tempestades y protegido de esos campos arrasados, llenos de vertederos de canciones y de tendencias olvidadas. La lluvia fina es la que hace reverdecer del campo. Se cumplen tres años en Hi Jauh USB y este año ha vuelto a haber una buena cosecha, por eso hay que celebrarlo. 


La posmodernidad y la nueva política





Llevamos años viendo como la derecha va ganando posiciones y batallas en todo el mundo y aun así tenemos la sensación de que en España estamos resistiendo esa tendencia, de que algo ha pasado aquí que nos hace mantener el pulso y hacer retroceder esa tendencia. A pesar de todo, la hegemonía política y cultural neoliberal es abrumadora y nuestros pequeños gestos son válidos aunque sea solamente a nivel moral. Dentro de esta batalla cultural se atisba la necesidad de crear estructuras que ejerzan un poder real en el curso de los acontecimientos y que puedan atraer y desbordar el ámbito de lo que tradicionalmente ha venido identificando estéticamente el eje izquierda y derecha. Para ello nos gustaría recordar que el término "posmodernidad" no es una concepto a superar, sino un concepto que tenemos que tener en cuenta para hacer un buen diagnóstico de las relaciones entre la nueva política y la cultura popular de los últimos años.

Creemos que para poder entender el laberinto al que se enfrentan los movimientos emancipadores en 2016, es imprescindible ser conscientes de que vivimos en un punto de no retorno frente a los diagnósticos culturales de la izquierda clásica. En primer lugar hay cierta confusión a la hora de entender que papel ocupamos los que en este momento seríamos los agentes del cambio. Se tiende a relacionar a los agentes del cambio como procedentes de las clases trabajadoras, y eso es así especialmente cuando la cultura dominante coacciona y reprime de una manera deliberada la voluntad de una clase trabajadora que se ha organizado previamente. Pero el proceso de destrucción del tejido organizado en las clases trabajadoras, por parte de la ofensiva neoliberal de los últimos 30 años ha sido tan intenso y tan exitoso, que ha dejado a tales clases en una situación de desarticulación y de incapacidad para ofrecer una resistencia real, dejando a los mas desfavorecidos al borde de la exclusión social. La represión solo ha necesitado imponerse en los momentos en los cuales había una resistencia cultural asentada durante años de organización histórica del movimiento obrero.

Una vez destrozada la red de apoyo mutuo de sindicatos y de solidaridad obrera, las clases populares deberían haberse reorganizado mucho mas rabiosamente contra el poder, pero sin embargo no fue así, ya que lo que empezó a fallar fue el propio horizonte de sentido estético y cultural que hace posible que los deseos y las aspiraciones humanas se transformen en actos, y frente a esto no vale el "cuanto peor mejor" ni el "a cuanta mayor represión mayor será la respuesta", todo lo contrario, en el momento en el que las creencias y los deseos de las clases populares han comenzado a desvanecerse como proyecto colectivo, no ha vuelto hacer falta ninguna forma de poder represor porque el pueblo ha asimilado como propios los deseos del poder. Y esta es la gran diferencia entre la lógica dicotómica de la izquierda tradicional, y la complejidad de procesos a los que nos enfrentamos en la posmodernidad a la hora de separar e identificar las múltiples y entrelazadas relaciones de poder a las que estamos sometidos.  Ante la fragmentación cultural posmoderna, tenemos a una gran parte de las clases populares que ya no juegan en el papel tradicional de antagonistas frente al poder, sino que aspiran a participar de la vida y de la cultura anteriormente reservada a las clases medias y altas y a alejarse de los grandes relatos emancipatorios, dejando de lado a aquellos partidos y sindicatos de clase, incapaces de representar las aspiraciones de esta nueva "clase precaria" posmoderna. Esta transformación cultural, tiene un correlato político, ya que esta masa de de trabajadores que aspiran a ocupar el horizonte cultural que antaño era exclusivo de la clase media-alta, ahora también aspiran a ocupar ese lugar político, sustituyendo los grandes relatos revolucionarios, por la exaltación de la democracia radical, el estado de derecho, y la ley, como algo que no hay que destruir, sino que hay que defender.

Por esta razón, los restos de núcleos semiorganizados que resistían en la clandestinidad reclamando revoluciones mas o menos radicales, no han protagonizado de manera directa las expectativas de cambio social en nuestro presente. Es la nueva clase precaria, individualista, hedonista, muy preparada culturalmente y con altas aspiraciones vitales, es la que protagoniza el descontento, y este descontento no se expresa con el deseo de un cambio revolucionario, sino con un afán conservador. Frente a una revolución neoliberal radicalizada, la democracia liberal y la socialdemocracia se han quedado a la extrema izquierda del espectro político, y el descontento y la indignación reclaman que se cumpla la ley.  De esta manera, muchos de los movimientos llamados antisistema y los comunistas tradicionales se han quedado descolocados, y muchos se han quedado al margen, pero otros han intentado transformar la indignación en un movimiento político que incluya la tradición y las luchas de la izquierda, con las exigencias culturales de la posmodernidad. Por esta razón vivimos en una constante ambivalencia entre la necesidad de mantener un movimiento, capaz de articular la necesidad de incluir las expectativas emancipadoras moderadas de una gran parte de la población, que en el pasado decían defender los socialdemócratas, junto a las expectativas de los que entienden este proceso de cambio desde la oportunidad para introducir un desafío a cualquier forma de sistema posible. Esta última opción entendería que procesos como el 15M,  forman parte de una etapa plenamente revolucionaria, y que habría que desviar el descontento de esa mayoría cultural hegemónica posmoderna, hacia posturas propias de la izquierda tradicional, con lo que se aspiraría a dar el jaque mate al sistema.

Lo que intentamos resaltar en este artículo, es que los segundos no son conscientes de este proceso cultural llamado posmodernidad, en el que estamos envueltos irremediablemente, sin el cual movimientos como 15M no tendrían sentido, ya que no responde a las lógicas del antagonismo social que contemplan las izquierdas tradicional tanto anarquistas, comunistas . El potencial transformador del 15M es producto de una defensa y no de un ataque al sistema, y además de una defensa por parte de unas clases populares que en su mayoría ni se sienten clase obrera y que en muchos casos tampoco se sienten identificadas con la izquierda, y que en ese campo de batalla posmoderno, es en donde se juega la pugna por la hegemonía cultural, para una posible transformación a largo plazo frente a un neoliberalismo radical. Una batalla que frente a lo que creen muchos, estamos perdiendo. Si no entendemos esto, estaremos dejando sin resolver el problema de la posmodernidad en la izquierda, y la derecha habrá ganado la batalla cultural, incorporando a sus filas el descontento.



¿QUÉ ES EL POST-INDIE?

El pop siempre ha significado una fuerza de aglutinamiento popular. Los medios de comunicación transformaron una música popular que pertenecía a diferentes culturas en una música popular global. Las músicas populares que se globalizaron fueron, cómo no, las primeras que se vieron bajo el ámbito de influencia de la industria discográfica y los medios de comunicación masivos. Estos comenzaron a explotar toda la tradición americana del jazz, el blues, el folk y rápidamente se extendió a Inglaterra. Aunque el rock identificado con la juventud, no era simplemente una popularización global de músicas folklóricas, sino que sirvió de elemento de identidad de las aspiraciones de una nueva generación de jóvenes que se socializó culturalmente en la era de los medios de comunicación masivos, el cine, la música y la televisión. Estas eran las nuevas correas de transmisión para la siguiente generación globalizada a la manera del mundo anglosajón y de un nuevo lenguaje global.  Esto es lo que se ha venido a llamar cultura pop, o cultura popular de masas,
Esta cultura globalizada siempre ha desarrollado dos facetas; una la de ser el un mecanismo de hegemonía mundial de justificación la forma de vida occidental y concretamente anglosajona, y por otra parte un mecanismo para introducir otros mensajes alternativos que han pervertido esa hegemonía, creando discursos disruptivos, perturbando y pervirtiendo mensajes con esas mismas herramientas.

Los medios de comunicación de masas han sido una herramienta de difusión tan poderosa que quien fuese capaz de tener ese altavoz, tendría en sus manos la capacidad de difundir todo tipo de mensajes y revertir los discursos hegemónicos de cada momento histórico, y esa doble faceta se comprobó en los primeros pasos del desarrollo de los medios masivos. La industria del disco fue una manera de difundir masivamente una canción, un mensaje, y nunca antes ningún rey o ningún emperador habían conseguido difundir un mensaje al mundo de una manera tan rápida y tan persuasiva. Elvis era llamado con sentido el rey del rock y los Beatles se percibían a sí mismos más famosos que Jesucristo. Con ese poder es normal que el rock se convirtiera en el mayor eje de disputa mediático para difundir discursos entre la juventud. Por esta razón, la cultura pop ha sido una lucha por la hegemonía desde sus orígenes, y el discurso de un grupo de pop, ha llegado a ser una de las maneras más eficaces de difundir formas de ser, éticas, políticas.

Dicen que internet ha desbaratado esa hegemonía, abriendo las posibilidades infinitamente, dejando de lado las aspiraciones del rock de reinar absolutamente con una única voz en el mundo. Las posibilidades que se abren cuando la forma de difusión de la cultura ya no viene de un único punto, sino que se extiende en diferentes focos, ampliando la diversidad de discursos en una heterogeneidad inabarcable nos hace enfrentarnos a una sensación de estar perdidos, y en cierta manera, a la vez que estamos ultra-comunicados, nos sentimos ultra-aislados, pues comienzan a fallar los ejes de identidad global característicos de la cultura de popular de masas anterior, y los lenguajes se multiplican, las resistencias se vuelven tan plurales que parece que ya no hay un elemento común capaz de aglutinar un único mensaje, ni única forma de oposición. Incluso la propia oposición parece que es inútil, pues forma parte de una más, hay tantas como mensajes diferentes, la diferencia es el nuevo eje de discurso contrahegemónico, frente al discurso de la identidad. 

El discurso de la diferencia en el pop,  ha aflorado cada vez que se han posibilitado otras formas del uso de los medios de comunicación masivos, pero nunca sin ellos, esa es la gran diferencia entre lo que es cultura pop y no lo es, precisamente el uso de esos medios. El punk se basó precisamente en el uso de los medios de comunicación de masas, las radios, los discos, las revistas, pero la única diferencia es que el control de estos medios pasó a ejercerse desde células autónomas, buscando ese poder de persuasión y la efectividad de difusión de los grandes medios, pero a pequeña escala. En cierta manera el punk, sus canciones y sus fanzines son propaganda revolucionaria y juegan dentro de las mismas coordenadas que el pop y el rock and roll, sin aspirar a convertirse en otra cosa. La proliferación de diferentes células de resistencia, en forma de pequeños sellos llamados independientes, ha sido una de las maneras más efectivas de difusión de otros mensajes no hegemónicos, y es la manera en la que se han introducido otras formas de entender esa cultura pop.

Sin embargo, el discurso de la resistencia desde la autonomía sucumbe cuando se dan unas condiciones de gran permeabilidad entre lo que antes era llamado “underground” y “mainstream”. Lo que tenemos ante nosotros es una colección de mensajes rupturistas convertidos en inofensivas tendencias, y la imposibilidad de que eso que se denominó “underground” no pueda asustar ni desafiar a lo establecido, ya que lo establecido ha convertido lo disruptivo en su seña de identidad y necesita reciclar continuamente sonidos, actitudes, esquemas, propios de la marginalidad o de la radicalidad para hacerlos propios. Además en los últimos años se ha generado una nueva clase media-precaria en las ciudades, que ha entendido la crisis económica como una oportunidad, más que como una carencia, y se siente identificada con ese “underground”, utilizándolo como modelo para vivir en el límite, peligrosamente, con pocos recursos, una vida llena de experiencias, que rechaza el modelo de seguridad, trabajo para toda la vida, y cobertura social por parte del Estado que tanto apreciaban sus padres. 

En definitiva, para este esquema, las luchas no interesan en lo que tienen de social, si no en lo que puedan tener de capacidad de ruptura o transgresión por una diferencia, y de esta manera es muy complicado iniciar una lucha por condiciones materiales que pueda aglutinar y poner en común las luchas identitarias de la postmodernidad, que pertenecen a un ámbito de subjetivación inaccesible y parten del deseo en vez de la carencia. Por lo tanto, estas luchas conciben la economía como una satisfacción del deseo y en potencia son susceptibles de ser normalizadas por un mercado especializado en la tendencia.  En las redes sociales, creamos nuestra identidad y el mercado también crea su modelo personalizado de consumidor, poniéndonos en conexión con el pequeño mundo al que nos gustaría pertenecer y alejándonos de todo lo demás, observando nuestras pequeñas identidades, como pequeñas mónadas hipercomunicadas solo con lo que se identifica con nosotras, y completamente aisladas de lo que no se ajusta a nuestra identidad.

Si entendemos que este proceso histórico de la cultura pop que ha derivado desde un foco primario hegemónico, en el que había una una contradicción entre “mainstream-underground", a una proliferación autónoma y fragmentada de pequeños focos que han llegado a incomunicarse entre sí, que podríamos referenciar como momento “indie”, podemos entender que el siguiente paso sería el de reconstruir una cultura pop de combate y autónoma a partir de lo fragmentario y de lo descontextualizado, un momento que podríamos denominar “post-indie”. 

Por lo tanto, el momento “post-indie” sería un proceso, por el cual, la cultura popular de los medios de comunicación, intenta crear autoconsciencia y conseguir alianzas que produzcan nuevas formas de comunicación. Esto pasa por salir del espejismo autocomplaciente de ese mercado hecho a medida de la fragmentación y la atomización, más allá del modelo de difusión basado en las redes sociales y de esa construcción de identidades aisladas incapaces de crear un contexto común. De esta manera seremos capaces de volver a generar nuevos discursos y nuevas luchas que puedan generar valores éticos y estéticos universales, también desde la diferencia, más allá del culto a esa identidad irreductible, que ha tenido tan poco potencial transformador en los últimos años. 

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