Sobre el Madrid Popfest. Asistente

El pasado fin de semana (11-12 de marzo) se celebró en Madrid un evento musical singular y excepcional que, para el que esto escribe, se sitúa entre los momentos musicales más emocionantes y plenos vividos en la capital en los últimos años. La primera edición del PopFest en España sólo se puede calificar de sobresaliente en todos los niveles.

Con una organización de supuestos amateurs la puntualidad, la información, la distribución de horarios y bandas, la comodidad... fue siempre perfecta, en ningún momento creo que ninguno de los asistentes pudiera tener queja alguna sobre nada respecto a la organización de los conciertos.


Que algo así ocurra en Madrid debería ser normal pero no lo es. Madrid a veces parece una ciudad llena de opciones en la que no ocurren demasiadas cosas. Quizá sólo sea eso, una sensación pero al contrastarla con el ambiente que se respiraba en la sala Clamores (con un sonido excelente) durante el PopFest no deja de parecer una realidad.

La sensación de comunidad de los presentes, de pertenencia, de amor desmedido a la música (y a los discos, el puesto, repleto de opciones interesantes, no dejó de tener actividad constante durante todo el fin de semana, hasta en eso parecía un público no tan habitual, mil gracias a los organizadores por dejar poner los nuestros sin pedir nada a cambio), y la idea de que los allí presentes nos unía un algo muy presente, casi tangible era reconfortante.


Pareciese que al organización quisiese cuidar tanto los detalles que hasta tenías quien te recibiera. Cuando llegamos nosotros, nada más pasar el control de las entradas (30 euros por dos días de conciertos extraordinarios, nada menos que 10, más la fiesta de presentación gratuita del jueves anterior), fuimos recibido por Ingacio, responsable del sello Cerillas Garibaldi y miembro de la organización que nos indicó unas pequeñas pautas de lo qué estaba pasando y de lo qué iba a pasar. Desde aquí las gracias no sólo por esto sino por haber editado uno de los discos más bonitos de los últimos tiempos tanto en lo musical, como en lo puramente estético. “A Amizade” de Emilio José debería convertirse en una pieza de colección a no mucho tardar, pero no como algo muerto en una estantería sonó como un trozo de vinilo verde que no deje de dar vueltas en el plato.

Y este es sólo un detalle de la sensación de cercanía de un festival que, definitivamente, no se parece a ningún otro por aquí. Haciendo un cálculo creo que podría decir que entre amigos y conocidos es fácil que encontrase a un 20% de los presentes. Y podría apostar que ninguno de los asistentes, o grupos de asistentes eran tan autónomos que no conocían a nadie más en la sala que conociese al resto. Que todos los asistentes formamos parte del entramado de una pequeña célula de aficionados por un lado a un tipo de música muy determinada y por otro a la música en su concepto general. Que todo el mundo conocía a otro que conocía al resto.


Y lo más importante, la música, fue también lo mejor. Fuera de gustos personales (lo que a mí me pareció el peor concierto otros lo encontraron lo más destacado) la programación la elección de bandas y perfil de estas fue tan acertado que, mirando al resto de PopFest del mundo no podemos sentir envidia. Como yo sí la sentía antes de que existiese el PopFest Madrid.


Puede ser injusto pero no deja de ser personal así que destacaré la emoción de ver lo bien que le sientan a canciones míticas de los Orchids los años. La banda de Sarah (y de nuestra Siesta) estaba plantada allí transmitiendo espíritu adolescente a pesar de la edad. O los absolutos triunfadores del primer día, unos Allo Darlin’ llamados a pasar a la primera división del Indie-pop internacional arrasando con todo, con el climax cuando Ronnie de Orchids subió al escenario para ser el contrapunto vocal en el single más claro de Allo Darlin’, la impresionante Dreaming. O confirmar el idilio del público madrileño con Fred i Son a los que parece haber adoptado como propios en su escasa tercera visita a la capital. El amor que desprende el grupo por el público de Madrid y este por la banda parece encaminado a ser leyenda. Así me lo confirmó la encantadora Eli, su batería, emocionada por la respuesta que se les da cuando vienen a Madrid. Y no es para menos porque además de unas canciones enormes (¡¡¡y estrenando una en español!!!), el amor por lo que hacen y su simpatía personal hace de ellos un grupo muy especial al que hay que cuidar. O la locura desatada por La Cola Jet Set en la parte final encadenando cinco aceleradas versiones de Family y con el fin de fiesta habitual de “Al amanecer” que, fuera de gustos es uno de los pocos, escasísimos (por desgracia) himnos trascendentes que ha dejado la música independiente de este país en el imaginario popular.


Pero, como ya avisé, esto es un texto que parte de lo personal, de mi experiencia como espectador (en primera fila en 6 de los 10 conciertos) así que diré mi momento del PopFest. Y este fue ver a Amelia Fletcher y los suyos al frente de Tender Trap casi una década después de su última visita a Madrid ofreciendo un pedazo de su historia personal (pero, sobre todo de su excelente presente en uno de los mejores discos de su carrera, el del pasado 2010). Amelia representa el espíritu de lo qué es y debe ser un PopFest de manera excepcional. Bailando entre el público desde el primer concierto del primer día con grupos españoles que no conocía y que heredan su legado irreprochable (y pocas veces reconocido, por cierto), hablando con quien quisiese acercarse a ella para preguntar cualquier cosa, para hacerse una foto o pedir que le firmase un disco, ofreció la actuación más completa, emocionante y energética, perfecta para cerrar un festival que, respetando de dónde viene es un taquígrafo del presente y del futuro con pocas concesiones a la nostalgia que nos impide ver el hoy. Haciendo justicia a bandas que se merecen figurar como cabezas de cartel (y se les reconoce como tal) y no como un nombre ilegible perdido entre cientos. Ni siquiera se le puede reprochar no echar la vista demasiado atrás (y hablamos de alguien que habrá compuesto, fácil, 5 de mis 250 canciones favoritas). Cuando finalizó con los últimos acordes de “Oh, Katrina” y con ello las actuaciones del Popfest 2011 estaba claro que todo había merecido la pena y sólo quedaba dar, otra vez, las gracias a quien lo había hecho posible.


Y un público entregado a una única cosa, la música que era la razón de ser de estar allí porque nada había que distrajese de eso. El atractivo del PopFest es su música y en ella se reconoce su público. La motivación no es lo divertido que es lo externo a los conciertos (que lo fue, y mucho) sino el reconocer con devoción a 10 grupos (y los de la fiesta de presentación, y los de las fiestas previas) y dar las gracias por la música que era lo que unía a las escasas 200 personas que estábamos allí. Y que los grupos, lo principal, supieran que estábamos agradecidos por su música.


Tengo la sensación de que este fin de semana se recordará durante años como un posible punto de inflexión, del nacimiento en Madrid, en España, de una forma de entender lo musical (en amplio sentido, qué significan las bandas, de sus discos como música y como objeto, de la implicación como público que podemos tener, de que organizar algo excepcional se puede hacer con personal excepcionales pero anónimas sin depender de nada más que sus ganas, trabajo y amor a la música y no de una marca de cerveza determianda ) y que, por suerte, podré decir “yo estuve allí”.


Pues eso, muchas gracias a todos



Federación De Universos Pop

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