Conjuros, acordes y guitarras desenchufadas


El chico que tenía delante debía de tener por lo menos 19 años, y eso era ya bastante impresionante de por sí, conocer a alguien que fuese mayor que tu, pero que encima tuviese una guitarra eléctrica... eso era más de lo que se podía pedir. Igual con un poco de suerte- pensé- hasta podríamos tocar juntos alguna vez. Se apartó el pelo grasiento de la cara para poder leer el folio cuadriculado que tenía apoyado en la rodilla y empezó a aporrear la guitarra (desenchufada) y a cantar la canción que tenía allí garabateada.
Creo que era mi último año de instituto, y la música guardaba todavía un algo misterioso y mágico que había que descifrar. Ese misterio se podía resumir en ese chico mayor desgarbado tocando su guitarra desenchufada en la puerta de la Vía Láctea. Luego llegarían los ensayos en una nave industrial llena de polvo y trastos mientras la lluvia triqueteaba en las ventanas. La música pop era eso para mí, poder tragarse toda tu frustración, desde esa chica que no te hacía caso hasta ese profesor que te odiaba, y poder convertirlo todo, con cuatro acordes simples, en la magia de una melodía. Había belleza en las canciones pero ese no era el fin último de aquello, sino el hechizo oculto que surgía de las notas, y que podía salvarte la vida.

De pronto empecé a conocer a un montón de gente que escribía música, te pasaban cintas grabadas en casa, o te las enseñaban a la luz de una hoguera, gente que aparecía en tu vida, te enseñaba una canción y luego volvían a desaparecer. Que podía ser más emocionante que aquello. Yo no sabía nada todavía de K records, o el movimiento D.I.Y ni de Dadá y sólo conocía vagamente el punk, más como una leyenda de otra época que como una realidad. Había visto fanzines pero no les prestaba demasiada atención, al fin y al cabo yo no quería escribir, eso era aburrido...


Muchos años después, fue un fenomeno parecido a este lo que me impulsó a entusiasmarme con el sello Aplasta tus Gafas de Pasta, el poder intercambiarme con gente discos como el de el Satélite Jameson, o de Gudar. La música que vive entre nosotros, no la que es un mero producto comercial, más parecido a un musical que a una sinfonía o un arte. Pensé en su momento que aquello iba a volverse una tendencia general, que sellos como el nuestro o como el de Birra y Perdiz iban a ser la norma. Que volvería una vez más a encontrarme con esa gente que aparecía misteriosamente con una cinta TDK y un puñado de canciones. Ahí estaban ejemplos internacionales como Asaurus, o Cloudberry resucitando el espíritu de lo cotidiano.

Todavía hay pocas cosas que me emocionen más que oír la grabación casera cacofónica de una canción, como esta que ha publicado absurdista en el blog de su grupo Alborotador Gomasio.

Al oír las notas algo planeteras, y la voz quejandose, he apostado pero se que voy a perder... me acuerdo otra vez del día en que este mismo chico cantó otro de sus hechizos delante de la vía láctea con su guitarra desenchufada, y me dan ganas de subir a mi cuarto, sacar mi guitarra vieja y conjurar esos poderes que creo firmemente que todos llevamos dentro.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Daniel, casi me haces llorar. Para nosotros tus poderes son comparables a los de un chamán emocional.
Koldo.

absurdista dijo...

Emocionante, gracias Dani, estos momentos han sido clave en nuestras vidas, y casi suenan legendarios. Tengo decenas de cintas TDK llenas de trozos de canciones por hacer, esperando a volver a ser escuchadas como en una especie de caja negra.

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