La necesidad del mal positivo para una revolución en ciernes



¡Observad a los buenos y a los justos!¿Qué es lo que más odian? El que destruye sus tablas de valores, el destructor, el criminal: ahora bien, él es el creador.   Nietzsche


El bien y el mal son dos de los elementos antitéticos mas importantes para que el ser humano obedezca, se pliegue y siga siéndo explotado por el propio hombre. Pero tanto el bien como el mal son posturas simplistas que entendidas de una manera dialéctica o basada en la contradicción, eliminan del discurso y de la acción todas las posibilidades de transformación real del hombre y la sociedad. Acabar con el mal, es la mejor manera de excluir, tanto lo perjudicial como lo beneficioso que hay en una comunidad, ya que el bien y el mal no pertenecen a la propia naturaleza de las cosas como han pretendido todas las filosofías naturalistas, metafísicas y esencialistas desde Platón hasta Ratzinger. Diciéndolo de otra manera, el mundo, la realidad, no es ni buena ni mala, nosotros condenamos o declaramos inocente cosas que nos perjudican o nos benefician y muchas veces simplemente lo hacemos porque nos han dicho que eran así.

En estos momentos, nos encontramos ante la necesidad de trangredir los límites morales y normativos que desde la escuela, el cine, la religión o el FMI, nos han dicho que son los que hacen que las cosas vayan bien y funcionen, y a su vez los que hacen que una persona sea digna y respetada por todos.

Llega un momento en el que los llamados buenos y el poder son una misma cosa y  no hay diferencia alguna, mientras que los malos son los únicos que puden tomar la iniciativa hacia un cambio, esto es debido a que los autodenominados buenos, consideran el poder como una lucha en contra del poder de su antagonista, en vez de una afirmación de ese poder.  Los buenos utilizan el poder para volver impotente a su adversario, por eso no entienden el poder como potencia, como capacidad de crear, lo cual implicaría la necesidad de afirmarse y convertirse en verdaderos agentes políticos, lo contrario de tener sumisos siervos del señor, y si a activos antagonistas en perpetua afirmación de su propio poder.


Todos nosotros BUENOS, sin antecedentes penales relevantes, que hemos intentado seguir los cauces que nos han marcado,  somos los cómplices del mal, e incluso estamos siendo perseguidos en una caza de brujas que nos está convirtiendo en virtualmente malos. Este proceso se llama criminilización y se produce por esa visión negativa y dialéctica que segrega la realidad en base a una ultrarrealidad, un BIEN Y UN MAL supremos que hacen de jueces y deciden quién es bueno y quién es malo. Por eso los malos de hoy serán los buenos de mañana, y así, hasta que no seamos capaces de darnos cuenta del complejo valorativo que hay en esa diléctica moral. Dentro de ese complejo valorativo nos chocamos de bruces con el elemento político de toda moral, religión, estado.  No político en el sentido moral con la que nos hacen ver el mundo los nuevos dialécticos (izquierdas, derechas, psoe, pp etc), sino como el complejo de relaciones de poder que se dan en todo valor, tanto moral, como estético, lo que se llama la capacidad para determinnar, elegir o crear un valor.

Es tan ingenuo alguien que se llama bueno, como alguien que simplemente reaciona ante lo bueno elgiendo lo malo; lo cual es muy típico de educaciones represivas que se rebelan aceptando los valores que comunmente se asocian al mal (satanismo y cosas así). Ser malo o bueno en sentido extramoral (como diría Nietzsche), no es ser bueno o malo, es tener la capacidad de valorar, de decidir en cada momento lo que es bueno o malo, y por lo tanto poner los actos, las decisiones y los deseos de cada uno como ejemplo de ese bien y no en función de un juez externo que penalice o reafirme nuestro acto.

El poder, por lo tanto, ordena la realidad, crea estados de cosas, y eso es la afirmación de una voluntad, el deseo de que las cosas sean así, mientras la metafísica y la religión oficiales (religión puede ser cualquier cosa que siga un dogma) intentan hacernos creer que las cosas son así por naturaleza, y que debemos acatarlas o sino perecer en el infierno, en la carcel, o por lo menos llevarnos un par de porrazos de la policía. La diferencia entre los que obedecen y los que mandan son solo dos caras de la misma moneda, es decir los dos son esclavos, porque los dos acatan las normas creyendo que emanan de una esencia o naturaleza. Los que verdaderamente tienen el poder son los que saben que las normas eran producto de su voluntad. Esa es la voluntad de poder, mal entendida por los que son incapaces de entender un mundo sin normas. Ese es transfondo político que alberga el pensamiento antidialéctico de Nietzsche y su crítica a la moral cristiana,  así como al socialismo y al anarquismo como sustitutos laicos que funcionan de la misma manera.

La revolución no puede entenderse como una lucha de esclavos contra sus amos, regresando de nuevo a la idea de los justos contra los pecadores,  sino como una lucha para derrocar el bien y el mal de su trono. El martillo nietzscheano es el martillo del juez, pero el juez que hay en todos nosotros, no el juez que se ajusta a la ley, sino que es capaz de legislar en base a sus propios valores.

Estos días nos enfrentamos a la necesidad de que los buenos dejen de ser beatos, que no actuén en base a una moral que reaccione al poder, sino que sean capaz de ejercer el poder por si mismos. No seamos dialécticos, no hay un estado final, no hay una justicia universal, no hay una superacion del sufrimiento, ni un bien en sí, eso es la muerte y la continuación de la pasividad. La destrucción de las normas no puede quedarse en una negación pasiva y triste, en un acto justiciero de puro resentimiento; es necesario que el acto revolucionario sea acción, es decir, que la negación de un estado de cosas no justifique unos valores establecidos y la paz de los justos y los pacíficos, esta paz siempre es la paz del estado final, de la anulación de la diferencia, del monoteismo, del capitalismo y el socialismo en base a dialécticas hegelianas o marxistas. Esto significa la anulación de la novedad en el mundo y la paz de los quieren que las cosas sean así siempre, del platonismo y las ideas muertas, de la persecución de los poetas, de los artistas y del término criminal utilizado para todo aquel que no sea lo que debe ser.

La revolución necesita ser la revolución de la diferencia, y eso es lo que nos diferencia de los partidos, de los sindicatos, de los marxistas dialécticos y de los anarquistas nihilistas que sólo reaccionan ante el poder trascendente para destruirlo, pero no quieren devolverlo a los cuerpos.


Muchos de los que no entienden lo que ha pasado en los últimos meses en nuestras calles necesitan un sentido, pero nunca se atrevieron a crearlo. Son el producto del rebaño teledirigido, con ídolos muertos incapaces de actuar si no es reacionando, respondiendo pasivamente. Ellos a si mismos se llaman buenos, pero no son nada, solo antimalos, impotentes, intelectuales que glorifican siempre lo establecido, músicos incapaces de mostrar disidencias, deseosos de ser correctos, buenos, caer bien, ser lo que se espera de ellos. El cinismo se apoderó del mundo de la cultura, la posmodernidad hizo que todos seamos cómplices de lo que nos espera. Sólo nuestra capacidad para ejercer el mal, la divergencia, la controversia y la agresividad (entendida como la capacidad para confrontar) nos hará libres.





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