La impotencia de la respuesta social. Primera parte

Todos los días vemos como recortes de todo tipo de derechos van acorralando a la población, mientras se realizan manifestaciones de todo, tipo, asambleas y protestas, pero todos sabemos que esto no va a parar ningún plan político-económico, a no ser que les pongamos en una situación dificil. Las protestas y el derecho a huelga están para que la gente se desahogue, igual que los partidos de futbol, para que a continuación todos volvamos a nuestras casas y a nuestros puestos de trabajo y sigamos produciendo sin tensiones. Y es que protestar no es actuar si detrás de las protestas no hay una fuerza real que permita poner entre las cuerdas a las fuerzas utilizadas por el poder establecido. El monopolio de la fuerza por parte del estado nos ha dejado indefensos y es una de las claves para entender por qué desde los años sesenta ha sido imposible que las revoluciones sólo sean amagos, brotes, y sucesivas decepciones y desengaños acompañados por cocteles de drogas que han permitido a los excluidos ser adictos a la esclavitud. La política se ha ido diluyendo en modas y tendencias, en espiritualidad, en debates televisivos. Siempre hay una manera en la que el poder se apropia de nuestro descontento y nos deja desarmados, haciéndonos creer que la guerra es mala en sí misma, y haciéndonos olvidar que la guerra es el origen de la justicia, de la moral y de la ley. La revolución era una guerra entre estamentos o clases sociales, pero las clases tenían armas parecidas a las de sus adeversarios. Hoy en día nos vemos ante la imposibilidad de hacer la guerra, y por lo tanto estamos a merced de nuestros enemigos, somos totalmente esclavos, y nuestra libertad funciona gracias al sometimiento a un sistema productivo que no está exento de satisfaciones. El futobl, las cañitas, las discotecas, los viajes, el primavera sound, son cosas que nos dan una felicidad sosegada y nos hace confiar en la buena voluntad de la ley y pensar que unos señores con porras y pistolas están ahí trbajando para nosotros. No ha sido hasta hace muy poco que una parte minoritaria de la clase media ha despertado del sueño del capitalismo amigo, y no ha sido hasta que ha comprobado en sus propias carnes como se trata a quien se queda fuera de la rueda de especulación producción-especulación-consumo. En nuestras escuelas ya se enseña que ser emprendedor no consiste en mejorar la productividad, sino que consiste en saber vender algo como valioso, lo que es tanto como decir, que la comida no se come, la música no se escucha o el arte no se disfruta, sino que adquiere valor en tanto que pueda llegar a cumplir cualquier función, es decir, que la música vale más si podemos conseguir que se coma, o la comida vale más si podemos conseguir que se contemple en un museo de arte. Eso es básicamente saber convertir la propia vida y el mundo en un gran banco, ya que el banco es la acumulación del valor, que se distribuye arbitrariamente en la naturaleza una vez que el mundo en sí mismo no vale nada, en otras palabas, una vez que el ser humano, las canciones y las hamburguesas pueden intercambiar sus funciones. Pero pobre del que reclame el derecho a decidir el valor de sus canciones o incluso el que considere que hay valores no intercambiables, poner eso en cuestión, es desestabilizar el mercado, y enseguida las porras, las pistolas y las cárceles estarán esperando en la puerta de sus casas para desposeerle de todo el valor que el mercado había depositado en él.

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