La posmodernidad y la nueva política





Llevamos años viendo como la derecha va ganando posiciones y batallas en todo el mundo y aun así tenemos la sensación de que en España estamos resistiendo esa tendencia, de que algo ha pasado aquí que nos hace mantener el pulso y hacer retroceder esa tendencia. A pesar de todo, la hegemonía política y cultural neoliberal es abrumadora y nuestros pequeños gestos son válidos aunque sea solamente a nivel moral. Dentro de esta batalla cultural se atisba la necesidad de crear estructuras que ejerzan un poder real en el curso de los acontecimientos y que puedan atraer y desbordar el ámbito de lo que tradicionalmente ha venido identificando estéticamente el eje izquierda y derecha. Para ello nos gustaría recordar que el término "posmodernidad" no es una concepto a superar, sino un concepto que tenemos que tener en cuenta para hacer un buen diagnóstico de las relaciones entre la nueva política y la cultura popular de los últimos años.

Creemos que para poder entender el laberinto al que se enfrentan los movimientos emancipadores en 2016, es imprescindible ser conscientes de que vivimos en un punto de no retorno frente a los diagnósticos culturales de la izquierda clásica. En primer lugar hay cierta confusión a la hora de entender que papel ocupamos los que en este momento seríamos los agentes del cambio. Se tiende a relacionar a los agentes del cambio como procedentes de las clases trabajadoras, y eso es así especialmente cuando la cultura dominante coacciona y reprime de una manera deliberada la voluntad de una clase trabajadora que se ha organizado previamente. Pero el proceso de destrucción del tejido organizado en las clases trabajadoras, por parte de la ofensiva neoliberal de los últimos 30 años ha sido tan intenso y tan exitoso, que ha dejado a tales clases en una situación de desarticulación y de incapacidad para ofrecer una resistencia real, dejando a los mas desfavorecidos al borde de la exclusión social. La represión solo ha necesitado imponerse en los momentos en los cuales había una resistencia cultural asentada durante años de organización histórica del movimiento obrero.

Una vez destrozada la red de apoyo mutuo de sindicatos y de solidaridad obrera, las clases populares deberían haberse reorganizado mucho mas rabiosamente contra el poder, pero sin embargo no fue así, ya que lo que empezó a fallar fue el propio horizonte de sentido estético y cultural que hace posible que los deseos y las aspiraciones humanas se transformen en actos, y frente a esto no vale el "cuanto peor mejor" ni el "a cuanta mayor represión mayor será la respuesta", todo lo contrario, en el momento en el que las creencias y los deseos de las clases populares han comenzado a desvanecerse como proyecto colectivo, no ha vuelto hacer falta ninguna forma de poder represor porque el pueblo ha asimilado como propios los deseos del poder. Y esta es la gran diferencia entre la lógica dicotómica de la izquierda tradicional, y la complejidad de procesos a los que nos enfrentamos en la posmodernidad a la hora de separar e identificar las múltiples y entrelazadas relaciones de poder a las que estamos sometidos.  Ante la fragmentación cultural posmoderna, tenemos a una gran parte de las clases populares que ya no juegan en el papel tradicional de antagonistas frente al poder, sino que aspiran a participar de la vida y de la cultura anteriormente reservada a las clases medias y altas y a alejarse de los grandes relatos emancipatorios, dejando de lado a aquellos partidos y sindicatos de clase, incapaces de representar las aspiraciones de esta nueva "clase precaria" posmoderna. Esta transformación cultural, tiene un correlato político, ya que esta masa de de trabajadores que aspiran a ocupar el horizonte cultural que antaño era exclusivo de la clase media-alta, ahora también aspiran a ocupar ese lugar político, sustituyendo los grandes relatos revolucionarios, por la exaltación de la democracia radical, el estado de derecho, y la ley, como algo que no hay que destruir, sino que hay que defender.

Por esta razón, los restos de núcleos semiorganizados que resistían en la clandestinidad reclamando revoluciones mas o menos radicales, no han protagonizado de manera directa las expectativas de cambio social en nuestro presente. Es la nueva clase precaria, individualista, hedonista, muy preparada culturalmente y con altas aspiraciones vitales, es la que protagoniza el descontento, y este descontento no se expresa con el deseo de un cambio revolucionario, sino con un afán conservador. Frente a una revolución neoliberal radicalizada, la democracia liberal y la socialdemocracia se han quedado a la extrema izquierda del espectro político, y el descontento y la indignación reclaman que se cumpla la ley.  De esta manera, muchos de los movimientos llamados antisistema y los comunistas tradicionales se han quedado descolocados, y muchos se han quedado al margen, pero otros han intentado transformar la indignación en un movimiento político que incluya la tradición y las luchas de la izquierda, con las exigencias culturales de la posmodernidad. Por esta razón vivimos en una constante ambivalencia entre la necesidad de mantener un movimiento, capaz de articular la necesidad de incluir las expectativas emancipadoras moderadas de una gran parte de la población, que en el pasado decían defender los socialdemócratas, junto a las expectativas de los que entienden este proceso de cambio desde la oportunidad para introducir un desafío a cualquier forma de sistema posible. Esta última opción entendería que procesos como el 15M,  forman parte de una etapa plenamente revolucionaria, y que habría que desviar el descontento de esa mayoría cultural hegemónica posmoderna, hacia posturas propias de la izquierda tradicional, con lo que se aspiraría a dar el jaque mate al sistema.

Lo que intentamos resaltar en este artículo, es que los segundos no son conscientes de este proceso cultural llamado posmodernidad, en el que estamos envueltos irremediablemente, sin el cual movimientos como 15M no tendrían sentido, ya que no responde a las lógicas del antagonismo social que contemplan las izquierdas tradicional tanto anarquistas, comunistas . El potencial transformador del 15M es producto de una defensa y no de un ataque al sistema, y además de una defensa por parte de unas clases populares que en su mayoría ni se sienten clase obrera y que en muchos casos tampoco se sienten identificadas con la izquierda, y que en ese campo de batalla posmoderno, es en donde se juega la pugna por la hegemonía cultural, para una posible transformación a largo plazo frente a un neoliberalismo radical. Una batalla que frente a lo que creen muchos, estamos perdiendo. Si no entendemos esto, estaremos dejando sin resolver el problema de la posmodernidad en la izquierda, y la derecha habrá ganado la batalla cultural, incorporando a sus filas el descontento.



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