Indie y trap. Amor a primera vista

El trap, uno de los fenómenos músico-virales de los últimos años, ha tenido dentro del mundo indie-hipster a muchos de sus mas fervientes entusiastas, mucho más incluso que géneros supuestamente cercanos como el hip hop. ¿A qué se debe esta curiosa aceptación entre géneros que están tan alejados? Para resolver esta pregunta es necesario entender que ambos, trap y cultura indie-hipster escaparon del tejido real que sustentaba sus escenas de origen, hip hop en el caso del trap, pop-rock independiente en el otro, para propagarse mediante fogonazos en el ámbito de tendencia, y allí se han encontrado.

Los indies cansados de años de Animal Collective y electrónica pusilánime y heteroaburrida, reclamaban con anhelo la espontaneidad de la juventud y una rebeldía adecuada a los tiempos neoliberales que corren. Marginalidad pero sofisticada, no la guarrería del punk, el hip hip callejero politizado, o del jevi calimochero, eso nunca. El trap en españa, inicialmente tuvo su eje difusor en  colectivos reales, muy localizados, concretamete en cataluña, pero la difusión en red, instantánea y transversal propia de la era millennial, evitó la generación de un posible movimiento de militancia underground a largo plazo, y permitió en poco tiempo, que el trap pasase de ser un fenómeno exclusivamente juvenil y marginal, a ser difundido y asimilado con entusiasmo, por capas de población más madura y de clase media alta.  Así se dío un curioso maridaje. entre la pobación inmigrante y multicultural de barrios como el Raval de Barcelona y los nuevos vecinos blancos y con dinero, que contemplaban lo marginal como un modo de vida cool, una oportunidad para emprender en negocios alternativos y vivir una vida arriesgada y alejada del establishment.

Ambos ambitos culturales hermanados, son dos caras de la globalización, la de los ganadores y la de los perdedores, esta vez unidos por un sueño, una oportunidad para petarlo. El ejemplo de estos chavales fue revelador para la modernidad neoliberal sin complejos, sin miramientos, sin contemplaciones, sin impuestos. Quieren putas, quieren pasta, quieren drogas, quieren comerse el circuito de festivales de tendencia y se la suda el rancio arcaico y purista hip hop, tanto como a los indie-hipsters se la suda el Popfest o los viejos Teenage Fanclub. Por lo tanto, estas dos culturas aparentemente antagónicas, son dos caras de la misma moneda, y forman parte de un engranaje que funciona a la perfección en el mundo de lujo y miseria que nos promete este siglo 21. Globalización y nacionalismos, fascismo y anarquía en un todo complementario e indiscernible, en definitiva, la era de Donald Trump y la posverdad.

Por eso, el amor ha sido a primera vista. Hay que molar, hay que ser reconocido en el mundo millennial, hay que estar con el trap, el trap salvará al indie y así el mundo indie-hipster seguirá teniendo la hegemonía blanca, occidental, heteropatriarcal, capitalista, el reconocimiento, y además el beneplácito de la marginalidad de su parte. Peluquerias en el Primavera Sound te harán el peinado de Yung Beef mientras ves a Los Planetas. Una marginalidad construida por quien pone la pasta.




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